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COMO RATAS EN INVIERNO

Corría el año 1942, año en el que el ejército rojo atravesaba el río Don con su escuadrón número 6, que manchaba de sangre todo lugar por donde pasaba. A finales del año, el 6º ejército alemán atacó Stalingrado, una importante ciudad de Moscú, en la que el ejército soviético se jugaba todo por su patria.

Jack corría como alma que llevaba el diablo con su rifle hacia la factoría que se hallaba cerca de su casa. Se informaba de que un pelotón de nazis se aproximaba a la plaza central de Stalingrado, pero tenían que atravesar la factoría.

Doce hombres, entre ellos Jack, se encontraban en distintas ventanas de dicho almacén, defendiéndola del ataque alemán. Jack cerraba el ojo que no debía de forzar, y apuraba al máximo con su otro ojo, el que miraba por la mirilla óptica. Un abrir y cerrar de ese músculo, significaba un tiro, y Jack nunca fallaba. La experiencia en las batallas como francotirador hizo que ganara reputación, fama y honor, pero para él no tenía ningún valor, ni el tener más medallas que nadie le hacia indiferente. Él se sentía como otro más que peleaba pos la misma causa, por la defensa de su patria.

Se agotó el cartucho y de su vieja riñonera de cuero sacó un cartucho nuevo. Estaba acurrucado mientras recargaba y tenía la costumbre de cambiar de ventana para no ser localizado. Asomó media cara para ver como quedaba el campo de batalla: era pleno invierno, Stalingrado se situaba a 14º C bajo cero, no estaba nada mal para esa ciudad. Precioso edificios que se quedaron en ruinas, parques que se volvieron cenizas, y unos recuerdos que se quemaban en el olvido.

Sin saberlo, pronto se daría cuenta de que la factoría sería bombardeada. Jack disparaba y recargaba continuamente hasta que oyó ese silbido del demonio, era el silbido de las bombas de los aviones alemanes Stuka. Jack se agazapó en un rincón, pero un listón de madera atrapó su pierna. En esos momentos, el francotirador estaba atrapado, pero lo peor era que su cuerpo se mostraba por un hueco de la fachada. Jack era visible, Jack era carne de cañón.

Del humo de las bombas se acercó un peligroso Panzer, con su oficial montado encima. El francotirador apuntó al oficial y disparó…falló, y además el oficial le vio. El Panzer apuntaba su cañón hacia la estructura que todavía se mantenía en pie, concretamente a Jack. Al hombre le quedaban dos balas, se relajó, pensaba en su mujer, su hijo de ocho años, cuales tuvo que abandonar meses atrás. Apuntó, mantuvo la respiración, y disparó…el oficial cayó fulminado. Del tanque se asomó el conductor del vehículo, apuntó a Jack, y dio la orden de disparar a su señal.

Jack recargó tranquilo, sin prisas, y metió la única bala que le quedaba. El alemán gritó hasta quedarse rojo y justo antes de lanzar el cañonazo, se oyó un disparo seco, profundo, y algo rojo fluyó por la fachada mientras el conductor nazi reía satisfactoriamente.

Iñigo Presa Arribas “Jack”

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